3.9.17

Me asusta lo frágil de la felicidad o de la desdicha



18 de julio [1961]

P. me perturba. Me parece absurdo leer o escribir poemas si él está tan cerca. Creo que mi único deseo es hacer el amor con él. Si se va, si no lo veo más, será una terrible pérdida. Le dije que hoy no viniera porque quería quedarme a leer y escribir. Lo cual me parece falso, me parece perverso hacia mí.

Me asusta lo frágil de la felicidad o de la desdicha.



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Texto: entrada del diario de Pizarnik (Lumen, 2013).
Imagen: fotograma de la película Al azar de Baltasar (1966) dirigida por Robert Bresson

23.8.17

... el terror de volverme loca


Sábado, 17 de junio [de 1960]

Anoche viví, por vez primera, el terror de volverme loca. Estoy sin defensas, absolutamente desnuda. Suspendida del abismo, balanceándome. No tengo deseos de nada. Hay un silencio en mí. No quiero volverme loca. Ayer pensé que quiero volver a Buenos Aires. Con mi cuerpo puedo hacer lo que quiero: viajar a cualquier país, ir a cualquier lado. Pero mi silencio y mi tristeza no siguen a mi cuerpo. Me siento más triste que nunca. Tal vez tengo lo que llaman «manía depresiva». He recibido una hermosa carta de Roberto J. «Déjate ir», dice. Pero Roberto cree enormemente en los valores del espíritu, posiblemente jamás se preocupó de la locura, jamás se preocupó de saber o sentir si es loco o no. Sabe y siente que es poeta y por lo tanto un ser diferente. Yo también sé y siento que soy diferente, pero también sé y siento mi enfermedad, su peso, su fuerza. Volver a Buenos Aires y psicoanalizarme. Pero ¿de dónde obtendré dinero para ello? Más valdría suicidarme, ahorrarme los meses o los años de sufrimiento atroz que me esperan, que ya están, que ya fueron y serán. «Soy un fue, un es y un será cansado.»

Sea cuando fuere, tarde o temprano, tendré que suicidarme. La vida no es para mí.

Ayer, mientras tenía miedo de la locura, alguien reía dentro de mí: «Y sos vos la que quiere escribir novelas, vos la que quiere hacer los poemas más bellos». Y la voz reía.



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Texto: Diarios, Lumen, 2013.
Imagen: "Dark Water", Laura Makabresku.

5.8.17

Palabras...


22 de febrero. Palabras. Todo lo que me dieron. Mi herencia. Mi condena. Pedir que la revoquen. Pedirlo con palabras. Las palabras son mi ausencia, en mí hay una ausencia hecha de lenguaje. No comprendo el lenguaje y es lo único que tengo. Este «silencio» de las palabras, de las que digo y escribo, es el horror, el vértigo. Pero ninguna presencia humana se me presenta como evidencia. Amigos y amantes: cuerpos vacíos e indiferenciados. Sólo hay fantasmas que he amado hasta pulverizar mi conciencia.

24 de febrero, domingo. Las palabras son cosas y las cosas palabras. Como no puedo otorgar realidad a las cosas las nombro y creo en sus nombres (el nombre se vuelve real y la cosa nombrada es la fantasma del nombre). Ahora sé por qué escribo los poemas que escribo que son inmóviles y estáticos como cosas. Es mi sueño de un materialismo dentro del sueño.


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Texto: entradas del diario de 1963 (Diarios, Lumen).
Imagen: fotograma de la película Persona de Ingmar Bergman.

25.7.17

... es como si fuera una fuga


Martes

Si no obtengo recursos de mí misma, ¿de qué vale todo? Es como si tuviera un desierto detrás de mi pecho, es como si me hubiera tragado una loca incendiada que corre por mi sangre dando alaridos, es como si fuera una fuga. Yo no quiero ser una fuga, yo no quiero que me pongan agujas en la sangre. Quiero vivir y ser yo. (¿No estaré luchando con la locura?)

El examen del sábado es el causante de mi estado actual.



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Texto: entrada del diario correspondiente a febrero de 1958.
Imagen:fotograma de Pierrot le fou de Jean-Luc Godard.


28.6.17

Algo goteaba horrorosas partículas de dolor...


[...]

Siento una profundísima melancolía. Sombras, dolor, vergüenza de no ser, todo, todo, tan feo, tan triste, tan ausente, tan estático. Quiero morir.

Dentro de unos instantes, moriré. Abriré mis venas con un cuchillo.

¿Qué puedo decir? ¿Qué valor pueden tener mis palabra, ahora, que ya es el fin?


¡Morir! ¡Claro que no quiero morir! Pero, debo hacerlo. Siento que ya está todo perdido. Lo siento claramente. Me lo dice la fría noche que nace desde mi ventana enviando mil ojos que claman por mi vida. Ya nada me sostiene. Pienso en usted, y algo, desde muy hondo, rompe a llorar. ¿Debo pensar que por usted es necesario vivir? Mi razón así lo afirma. Pero, la orden imperativa de este momento es un terrible grito que sólo dice ¡sangre!

¡Morir! Ya nada me queda…

Todo se esfumó y yo quedé en la nada. Y así estoy ahora. ¿Puedo pensar que debo vivir? ¡No!¡No! ¡He de morir! Y ¡ahora! Tiene que ser ahora. De lo contrario, no será nunca. Por última vez, le digo de mi amor.

DOLOR

¡Llorar! Se acarició el rostro. Sentía una profunda tristeza por su tristeza. ¡Llorar! Naufragaba en un mar melancólico; hondamente, llanamente, melancólico.

Tomaba lenta conciencia de su sufrimiento, sufrimiento agudizado por la visión de su espera vacía. Calculó los residuos de esperanzas que yacían en su alma: ¿qué esperar?, ¿cuándo?, ¿hasta dónde?, ¿por qué?, ¿para qué? Su interior se deshacía paulatinamente como un grifo mal construido. Algo goteaba horrorosas partículas de dolor. Algo, algo. Quiso sonreír, pero sus pestañas latieron ante la humedad que afloraba a sus ojos. Pensó que solo le restaba morir. Atisbó su alma para comprobar el efecto que le producía esta palabra fatal: morir. No. Sólo nada. Su alma asentía en silencio. Ya no le importaba no ser. Quiso sonreír y el llanto sobrevino. ¡No ser! Y ahora, ¿acaso ella era? ¿Qué era? ¡Un grito de dolor! Un simulacro fastidioso de agonía humana que ocultaba un prosaico y pequeño fracaso: ¡el de su vida! Quería atribuirse la responsabilidad del vértigo universal, cuando en realidad no era más que una partícula llorosa y humillada por esa vida tan dura y tan mala, ¡¡vida que no comprendía, vida que no intentaba comprender, vida que no aceptaba!! Tornó a sufrir. Pequeño lagrimeo. ¡No! Todo estaba muy bien, muy correcto, muy sensato. Su cuarto vibraba de orden y belleza. Su cuerpo bien vestido y perfumado. Sus uñas luminosas, su rostro bien compuesto, su pelo simétrico y su frente intacta. Contempló sus queridas posesiones. Sí. Todo estaba muy bien, menos ella, la pobrecita ella, tan dolorida, tan pero tan dolorida que se sentía estallar. Era algo que la mordía por dentro, algo fiero y oscuro y grande y tremendo. Algo la castigaba por sus pecados o por sus virtudes o por su vida o por su muerte. ¿Cómo saberlo? Oyó un horrible chirrido, como de una tumba, que se abalanzaba sobre su nuca. Oprimió los pies contra el suelo, fuerte, muy fuertemente. Sentía que su cuerpo se estiraba, cada fibra, cada tendón, se iban y volvían elásticamente, como en los films de dibujos animados. Cerró los dientes hasta empujar todos los dolores de su cuerpo y concentrarlos en sus mandíbulas. Sufría. ¡Cómo sufría! El dolor laceraba su ser hasta convertirla en un impresionante hilo tenso que al menor roce producía sonoridades sorpresivas. No quería pensar en su dolor, pero éste estaba dentro de ella, delirante, acalorado por alguna fiebre misteriosa. Unos ruidos extraños burbujeaban en sus sienes marcando heráldicamente el lugar en que ella tenía que apoyar los dedos y frotar, muy suavemente. Los dedos bajaron al sitio en que estaba el corazón. Se asustó al sentir ese vibrar tan uniforme y tenso. Un segundo más y lo iba a ver estallar, volar en mil pedazos, como un globo terrestre de goma pinchado por una espina, ese mismo globo terrestre que era su abstracción del mundo, de su mundo que desaparecería con su muerte. Estaba decidida a llevarla a cabo, pero había un pero que rompía silenciosamente su resolución. Contempló la pluma y la acarició. Como una flecha venenosa, la contaminó un deseo: escribir, escribir. Deseo que introducía a la muerte en un barco irretornable, deseo que aumentaba el mercurio de su angustia, deseo que cortaba su pobre espíritu y arrancaba los testigos de sus frustraciones, de sus impotencias. La tentación de arrojar la pluma por la ventana, al mundo exterior, odiado y temido, se hizo fuertísima, pero sabía que esta pluma solo era el símbolo de su ardiente apego a las figurillas conmovedoras de su escritura. Nuevamente, se sintió desolada. El sol aciago cegaba sus pupilas. Vibró su dolorida frente. ¡No! ¡No era el sol! Era su llanto, su modesto y silencioso llanto, que cubría su rostro, no para lavarlo, como una lluvia beneficiosa, sino para hacerle llegar a todo su ser el testimonio de su desdicha, de su terror, de su vida perdida. Trató de ocultarse, de sonreír aun cuando la falsedad de su alegría fuese conciente. Quería hundir su mano en el dolor y agarrarlo como a un objeto próximo y estático y oprimirlo y expulsarlo de su cuerpo fatigado. Pero no, su dolor era como un [palabra ilegible] indomable, imposible de aferrar. Pensó en Dios, en algún elemento supremo a quien elevar sus quejas y pesares, alguien contra quien clamar o blasfemar. No. El cielo era una masa presente y azulada. Ni por asomo se le ocurrió que Dios podría estar detrás, o encima o, como le habían dicho cuando era niña, en todas partes. Recordó que se había asustado. Recordó que lo imaginó como un fantasma blanco lleno de ojos negros. Pero, ahora, ¡ahora, pobrecita ella!, no atinaba a encauzar su dolor hacia esas terapéuticas ultraterrenas. Cerró los ojos. Ahora el dolor caminaba por su sangre, a pasos gigantescos, torturadores de su ser, que ella temía como a todo. Inspiró hondamente. Nada. Con sumo ingenio, sus resortes angustiosos se entretenían en escribir sobre la superficie de su alma. Escribían NADA, con grandes caracteres luminosos, NADA imborrable y dolorosa, NADA desde lo más profundo de su alma. ¡NADA! Siguió pensando en la muerte. La tinta de la pluma languidecía, por lo que ella dijo: «¡Maldita lapicera!». Y rompió a llorar.



***
Texto: fragmento del diario, entrada del 28 de setiembre de 1955 (Diarios, Lumen 2013).
Imagen: "¿Ojos para volar?" (Coyoacán, México, 1991), ©Graciela Iturbide.

22.5.17

¡Yo! ¡Sólo yo sufro!


[...]

¡Háblenme de los hebreos en el desierto!
¡Háblenme de los pobres que mueren de hambre y de frío!
¡Háblenme de los clavos de Cristo!
¡Háblenme de los condenados a la hoguera!
¡Háblenme de las madres con sus hijos muertos!
¡Yo! ¡Sólo yo sufro!
Yo, que estoy tomando un exquisito café y aspirando la dulce fragancia de este cigarrillo.
Yo, que planeo una perfecta apertura social para la próxima semana.
¡Yo! ¡Sólo yo sufro!
Yo, que mientras escribo sonrío a una mosca que mastica azúcar y lloro de soslayo para no
humedecerla.
Yo, sentada, ignota y primaveral riendo de mi jactancia extravagante pero mía.
¡Yo, sólo yo sufro!
¡Háblenme de gitanas sucias y despatriadas!
¡Háblenme de estrellas sin cielo!
¡Háblenme de flores sin pétalos!
¡Yo, sólo yo sufro!
¡Sí! Acá, en mi verde umbrío rincón.
¡Sí! Acá, mientras vivo danzando en la cuerda.
¡Sí! Acá, mustia y pegajosa, llorosa y dolorida.
¡Yo! ¡Sólo yo sufro!
umbrío vidrio estridente marea
al filo sin son de la tarde muerta
tres dríades duermen sentadas
en mi ser cansado ya sin llanto
sombría y terrestre adrede
me extraigo
una verde sonrisa sangrante
¿dónde vas, labio muerto sin fondo?
¿dónde vas, impetuoso lanzallamas?

Alejandra: recuerda. Recuerda bien todo lo que has oído. Primeramente, debes aprender a separar el sueño de la vigilia. Recuérdalo, y no pienses que «estás desnuda o llevas un traje de vidrio».

[...]



***
Texto: fragmento del diario, entrada del 28 de setiembre de 1955 (Diarios, Lumen 2013).
Imagen: fotografía tomada del documental Soy lo que soy: Alejandra Pizarnik, de Sandra Mihanovich.

15.5.17

... cuerpo erotizado por su deseo de morir


SAINT-TROPEZ*

22 de agosto [1962]

El dorado día no nace para mí. Penumbra perpetua del cuerpo erotizado por su deseo de morir. La lívida luz del amanecer entrando a donde el espejo es el infierno. Mueres de cualquier manera. La luz es puerta sin gracia en el soplo mágico de la noche. Viento, parte inaudita de ti. Si me amas me la darás aunque no vivas, aunque no estés aquí. Aunque mueras habrás más daño que hacerte. Puedes retroceder. Irte a un paraíso más cercano que cualquier alba. Un viento fuerte hecho de imágenes desencontradas. Vende tu luz extraña, tu cerco inverosímil, tu deseo mágico de asaltar desde las nubes faroles extraños. Un buen fuego en el país no visto. Un fuego sin desenlace en el estío vencido por ti. Véndelo luego porque la luz se arrima a imágenes de gloria y candor cercano. La luz, el heroísmo de estos días a venir. Pálida afiebrada. Vences en el deseo de considerar la luz como un excedente de demasiadas cosas demasiado lejanas. Reconócete animal perdido. Véncete en demasiadas cosas demasiado lejanas. Aunque ames o te mueras de simple ir andando hasta encontrar rabia y tranquilos estadios de olvido. Véante mis ojos. Véante mis labios. Véate mi cuerpo. Invade azulmente mi mirada dividida, escindida, prohibida. Invade hasta invadirte. Mida la extensión de mi amor, la de mi odio. En extrañas cosas moras.

Estado peligroso de fatiga, insomnio y palpitaciones cardíacas. Me siento muerta, mejor dicho, un peso muerto, algo enormemente pesado, no mi cuerpo sino esto que se llama yo. Hasta cuando me llaman por mi nombre, hasta cuando dicen Alejandra, me siento caer sin fuerzas para sobrellevar mi nombre y con muchas menos fuerzas, aún, para responder a la llamada. Además respiro muy mal —todo el peso reside en el pecho—. Si todo esto me permitiera escribir y leer no me importaría. Pero ¿qué quiero? Quería un largo espacio sin tiempo y lo tengo. Sólo que yo lo quería en soledad absoluta. Y aquí gasto mis tan escasas fuerzas en ponerme tensa delante de los demás, en sentirme perseguida, hostigada hostilizada. Y pensando —sin duda tengo razones válidas para ello— que ya estoy completamente idiota. Quien yo sé no me dirigió la palabra salvo para convidarme con las consabidas formas de politesse. En ningún momento me miró en los ojos. Debo agregar que esto último es una suposición pues no lo puedo saber no habiendo mirado yo misma los suyos maravillosos. Pero estoy tan destrozada que no me importaría irme ahora mismo con tal de dormir diez o quince horas. Hace más de una semana que sólo duermo tres o cuatro por noche.

Lo que me sucedió anteayer en París con E. no será posible narrarlo hasta dentro de mucho tiempo. Cómo yací junto a E., debajo de E. y sobre E., ambos desnudos, como si hiciéramos el amor. E. no quería ni podía hacerlo y yo quería y no quería. No obstante me sentí dichosa en sus brazos, en sus besos. "Mais tu es un enfant", decía con asombro. Yo sólo quería estarme sobre su cuerpo y beber de su rostro fabuloso. Me recordaba tantos otros rostros que casi se lo digo si no fue que tuve miedo de que se ofendiera. El poema "Artémise" de Nerval nunca fue más exacto: La treizième revient, c’est encore la première… Pero al final le dije: "Siempre estuve enamorada de gente que no existe y aquí estás vos, hoy…". "Amas en mí a alguien que no existe", dijo. Era cierto pero al mismo tiempo amaba su rostro como jamás he amado otro. No había un clima sexual. El cansancio de E. se debía a que ese mismo día antes había hecho el amor reiteradas veces. Cuanto a mí, todo era confusamente erótico en ese momento. Erotismo difuso, que hasta sentía en las yemas de los dedos. No precisaba del orgasmo —yo, que siempre lo preciso— sino de la prolongación del infinitum de ese abrazo. A todo lo sucedido se le podría encontrar una explicación freudiana evidente. No obstante, hay algo muy misterioso en este nocturno encuentro de dos cuerpos desnudos que no se unen (nunca me sentí menos separada que durante esas horas). Volviendo a Freud, se diría que no te atreviste a cometer incesto y que tu cobardía frenó los impulsos sexuales de E. Pero E. es mucho más que mi nostalgia de huérfana. Su mirada está más allá de la explicación. No hay otro rostro tan misterioso como el suyo.

El m. de m. l. —al que odié apenas lo vi— habla tan rápido que no se le comprende lo que dice. Voz ceceosa, excepcionalmente fluida, como si las frases estuvieran desde hace mucho dentro de la saliva y como si tuviera mayor cantidad de saliva que cualquier otra persona. Así como habla rápidamente, así debe comer, orinar, hacer el amor. No obstante tiene un rostro dulce y agradable (aunque no para mí pues sospecho que su sentimiento debe ser recíproco del mío).

Lo que me molesta o exaspera o enerva de él es su absoluta creencia en el mundo físico tal y como nos rodea (creencia que comparten todos los burgueses, sin duda) y su cerrazón a cualquier esbozo de abstracción aun cuando se lo presenten en forma de chiste genial; sospecho que tendría que haberme venido provista de chistes sociales y cuentos graciosos sobre la high life en los cuales habría palabras tan reconfortantes como "cojinetes", "rulemanes", "cremalleras", "propiedad horizontal" (¡como si existieran propiedades verticales!), etc., etc. De todos modos me duele bastante no poder comunicarme con los que tienen intereses o desintereses fundamentalmente opuestos a los míos, dolor que intento consolar atribuyendo esta incomunicación a mi oficio de poeta. Y tal vez por eso leo a Artaud, ahora, y a varios más que no «perdieron el lenguaje en lo extraño».

Sentimiento de un frío que se acerca hace mucho. A la mierda todos: niños y mujeres primero, después hombres y perros. Dejar solamente a los clochards y a los poetas. Bello sueño de una joven muerta: hacer poemas y después reventar. Las moscas caminan sobre mí y yo no tengo fuerzas para espantarlas, nadie más espantada que yo, más empantanada, con mis hermosos sentimientos y mi fabulosa sensibilidad. Habrá que matar también a E. Miré sus ojos gran parte de una noche e hice plegarias mentales que debió comprender. No se quedó sin embargo. ¿Y a qué había de quedarse? ¿A qué? ¿Pero es posible, digo yo, que todos te abandonen y que tú no digas una sola palabra? A la mierda los abandonadores. Yo ya no existo. Por eso, cuando esté menos cansada (¿qué hizo de mi cuerpo?) me vengaré en poco tiempo. Muerte, dolor: yo comprendo. Sufrimiento en estado puro: yo comprendo. La mano de hierro al rojo posada en mi pecho, en mis sienes, ruidos de mil uñas arañando paredes dentro de mi cerebro. Chirridos, ripios, gritos agrios repercuten, suenan estridentemente. Que nadie venga, por favor, que lo pulverizo. Que no me toquen que me hago polvo y caigo, caigo, caigo. Horror de mis noches videntes y de mis días ciegos. Toda esta lucha perversa está en mí, en el centro de mí, me clavaron, me remacharon, me acuchillaron con cuchillos mellados y oxidados. Ripio, rabio, ruina, risa, resina, remanente de graznidos, retroceso de rezos triviales. Dientes entrechocándose. Un frío se acerca nacido de mi aliento. Todo lo que no lloré lo llorarán dentro de un momento cuando me destroce y me muerda como una perra rabiosa y me dentelle y me descuartice, porque todos ellos están en mí y cuando yo me asesine mi venganza estará cumplida.

¿Qué venganza? ¿Qué filo nocturno en la orilla de este sinsentido siniestro? Antiguas noches amadas, menos bordes filosos, si me hacen el favor. Menos puntas, menos agujas, menos trituraciones y perforaciones.

Viaje de ayer en el expreso Paris-Nice. 12 horas leyendo y fumando y tomando agua mineral (le di propinas monstruosas al chico que vendía las bebidas porque me daba cuenta que quería burlarse de mi sed con los otros pasajeros). Por las ventanillas pasaban montañas, ríos, animales, casas, regiones que desconozco pero que no quería mirar porque prefería leer y además, el no mirar está asociado, en mi caso, con un oscuro sentimiento del honor, como si no mirar fuera una venganza, un insulto,
una manera de devolver los golpes. Y en cierto modo es así.



*Anotada junto a este título la leyenda: "hasta el final pasado".



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Texto: Cuaderno de mayo a agosto de 1962 (Diarios, Lumen, 2013).
Imagen: "Tina Modotti" por Edward Weston.